En autoorganización!


CICERÓN, ERES UN CASERO SIN ESCRÚPULOS QUE PREDICA LA VIRTUD Y VIVE DE LA ESPECULACIÓN INMOBILIARIA


Marco Tulio Cicerón, el brillante orador, filósofo y político romano que siempre ensalzaba la virtud, el desapego material y el bien común, era en su vida privada un casero implacable y un especulador inmobiliario sin escrúpulos. Detrás de sus célebres discursos sobre la ética se escondía un rentista que amasó una inmensa fortuna explotando el precario mercado de la vivienda en la Antigua Roma.
La hipocresía de un filósofo rentista
A pesar de sus tratados morales, la realidad financiera de Cicerón contradecía radicalmente sus palabras
Dueño de insulae (bloques de pisos): Poseía numerosos edificios de alquiler en Roma. Estas construcciones eran famosas por su hacinamiento, su mala calidad y su constante peligro de derrumbe o incendio.
Desahucios y usura: Documentos y cartas de la época (incluidas sus propias epístolas a su amigo Ático) revelan que a Cicerón no le temblaba el pulso a la hora de cobrar las rentas con dureza a los tenderos, taberneros y familias humildes que alquilaban sus locales y estancias.
Financiación de su gran lujo: Compró una espectacular y suntuosa domus en la colina del Palatino —la zona más exclusiva de Roma— por 3,5 millones de sestercios (unas tres toneladas y media de plata). Para pagarla, recurrió en gran medida a los ingresos constantes que le generaba exprimir a sus inquilinos de las clases bajas.
Cuando se le reprochaba que los edificios se caían a pedazos, Cicerón llegó a responder con cinismo, comentando de forma frívola que hasta los mismos ratones se mudaban de sus propiedades porque ya no aguantaban las ruinas. Sin embargo, veía con buenos ojos que tras los derrumbes podía volver a construir y subir los precios de los alquileres.

Antigua Roma

CICERÓN, ERES UN CASERO SIN ESCRÚPULOS QUE PREDICA LA VIRTUD Y VIVE DE LA ESPECULACIÓN INMOBILIARIA

Un plebeyo romano se queja amargamente durante su desahucio de la crueldad de su casero, Cicerón, que predica la bondad y el desapego a la riqueza mientras se lucra de la especulación.

Àlex Sala

Periodista especializado en Arte e Historia del Arte

Actualizado a  17 de octubre de 2026

Esta mañana han llegado los matones y han desahuciado a mi familia de nuestra casa. Una patrulla de hombres provistos con garrotes y cuchillos han echado la puerta abajo, han irrumpido en nuestro hogar y entre empujones y amenazas nos han arrojado escaleras abajo. Desde la calle, hemos visto como lanzaban por la ventana nuestras pertenencias, ropa, muebles y los pocos enseres que han quedado sin embargar.

Y hora, mi esposa y yo, junto con tres niños y la madre de ella, nos vemos en la calle, sin techo, acuciados por las deudas que amenazan con convertirnos en esclavos. Ser un humilde plebeyo en Roma y vivir en un diminuto piso de alquiler supone estar expuesto a la precariedad y el abuso de caseros sin escrúpulos, como el nuestro, que mantienen su aristocrático tren de vida a costa de las rentas de sus posesiones.

Yo te maldigo, Marco Tulio Cicerón, de la tribu Cornelia. Prohombre de Roma, senador, y cónsul en el año 691 desde, la fundación de la ciudad [63 a.C.]. Tú, que en público predicas la superioridad moral de la benevolencia y el comportamiento virtuoso al que te obliga tu noble condición.

Tú, que alardeas de ser el más acérrimo defensor de los valores de la República y de velar por el bienestar y las necesidades básicas de tus semejantes, eres, en realidad, un hombre ambicioso, cruel y sin escrúpulos, que no duda en enriquecerse a costa de la desgracia y la ruina ajena, comprando y vendiendo propiedades, ganando dinero con sus rentas para sostener una desahogada vida dedicada a la intriga política, a la filosofía y a la retórica.

Tú, que en tus obras criticas la avaricia y defiendes la ética pública, participas activamente en el negocio de la especulación y el alquiler de viviendas en esta Roma sobrepoblada que desde el final de la segunda guerra púnica, hace más de 150 años, ha pasado de alrededor de 300.000 habitantes a rondar el millón.

Tú sabes bien que muchos plebeyos, libertos y esclavos vivimos hacinados en pisos minúsculos de precarios bloques de pisos en los barrios de la Suburra, el Velabro o el Transtíber, propiedad de unos pocos grandes terratenientes de familias senatoriales. Edificios cuyos cimientos apenas sostienen dos plantas de pisos, pero que la codicia de propietarios como tú, os hace levantar un inestable tercer nivel para obtener grandes beneficios aprovechándose de la necesidad desesperada de alojamiento a bajo coste.

Tú eres muy consciente que estas frágiles viviendas amenazan ruina, pero propietarios como tú o como Marco Licinio Craso, el hombre más rico de Roma, os negáis a reformarlas, provocando continuos derrumbes e incendios causados por una endémica falta de mantenimiento.

Tú te has valagloriado públicamente y en tus cartas de que algunos de tus edificios habían colapsado, y otros tenían grietas tan grandes que sus inquilinos, e incluso los ratones, habían huido despavoridos antes de que se hundieran.

Tú, que crees que tu elevada cuna te otorga una superioridad moral e intelectual por encima del resto, ves en la desgracia de tus semejantes –muchos de ellos ciudadanos romanos como tú, aunque no patricios ni senadores– una oportunidad de negocio. Lejos de preocuparte por la vida y la seguridad de las personas que viven en tus edificios, contratas a arquitectos y a cuadrillas de obreros para reconstruir los bloques dañados y aumentar el precio a sus inquilinos.

Tú eres uno de esos especuladores que, a cada nueva calenda de julio, exiges la renta anual por adelantado a las familias que apenas tenemos para subsistir hacinados en estos tugurios.

Cicerón, tú mismo confías en sufragar la cara educación de tus hijos a costa de las rentas obtenidas en la vía del Argileto, que une el Foro con el barrio de la Suburra. Mientras no tienes piedad para cobrar puntualmente las rentas a los tenderos, curtidores o taberneros de los talleres y locales de tu propiedad.

Tú, Cicerón, adquiriste tu suntuosa domus en el Palatino– la colina sagrada de Roma, morada de los privilegiados– por 3,5 millones de sestercios, el equivalente a tres toneladas y media de plata. ¿Cuánto de este dinero, que tuviste que pedir prestado, se te concedió gracias a los ingresos constantes que cobras por tus propiedades?

Tú, Cicerón, ensalzas el desapego a la riqueza material y criticas la avaricia de los hombres de negocios, pero justificas puerilmente tu derecho a poseer la mansión más espectacular de Roma porque, sostienes, un cónsul de la República y un héroe de la patria, que descubrió la conjura de Catilina y evitó la instauración de la tiranía, no merece menos que un palacio para recibir a sus clientes.

Cicerón, no eres más que un hipócrita que explota la miseria ajena para mantener sus lujosas villas, repartidas por toda Italia, donde retirarse a descansar, filosofar y escribir escapando de las mundanas preocupaciones que afectan a tus inquilinos en Roma.

Difunde la idea.
, , , ,

Comentarios